No es un feriado cualquiera, es una jornada de reflexión colectiva que nos invita a mirar hacia atrás, a reconocer las heridas abiertas por la última dictadura cívico-militar (1976-1983), y a reafirmar un compromiso que sigue vigente: Nunca Más.
La memoria no es un archivo estático, sino un ejercicio vivo. Se alimenta de testimonios, de juicios, de marchas, de canciones y de silencios que se transforman en palabras. Recordar a las víctimas del terrorismo de Estado es también reconocer que la democracia se fortalece cuando se enfrenta a su pasado con honestidad.
La búsqueda de la verdad fue, y sigue siendo, un camino arduo. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo marcaron un rumbo: exigir saber dónde están los desaparecidos, recuperar la identidad de los nietos apropiados, y demostrar que la verdad no puede ser enterrada. Cada restitución de identidad es una victoria contra el olvido.
Los juicios por delitos de lesa humanidad, aún décadas después, son un recordatorio de que la justicia puede tardar, pero no debe faltar. No se trata solo de condenar a los responsables, sino de reafirmar que la impunidad no puede ser la norma en una sociedad democrática.
El Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia no es únicamente un acto de recuerdo; es un llamado a la acción. Nos interpela a defender los derechos humanos en el presente, a cuestionar cualquier forma de violencia institucional y a sostener la democracia como un bien común.
En definitiva, cada 24 de marzo nos recuerda que el pasado no se borra, pero sí puede iluminar el futuro. La memoria es resistencia, la verdad es reparación y la justicia es garantía de que el dolor no se repita.
