No sé a qué hora empieza mi jornada. A veces, en los crudos inviernos, cuando llego, todavía no ha salido el sol. Y cuando me voy, el silencio del campo ya ha vuelto a cubrirlo todo. Soy docente técnica, y como muchos de mis colegas en la Escuela Agrotécnica Cornelio Saavedra, sé que esta profesión va mucho más allá de un pizarrón y una carpeta.
Nos toca enseñar con las manos en la tierra, con el guardapolvo manchado de barro o de sangre después de una esquila. Lo que pocos saben es que somos docentes, pero también veterinarios, alambradores, criadores, sembradores… y a veces hasta mecánicos, electricistas o constructoras. Porque acá, en este rincón del departamento Iglesia, la educación no se dicta: se vive.
Quienes trabajan en aulas tradicionales quizás no se imaginan lo que significa ser docente técnico. Nosotros no solo damos clase: ordeñamos, sembramos, desmalezamos, curamos animales, preparamos suelos, pastoreamos el ganado, arreglamos herramientas, planificamos siembras… Y mientras hacemos todo eso, enseñamos.
Pero enseñar en la ruralidad también significa enfrentarse a desafíos diarios que muchas veces pasan desapercibidos. La conectividad es limitada o nula; acceder a tecnología es un privilegio, no una norma. Nos faltan herramientas, materiales, aulas, comida para los animales y, muchas veces, hasta el agua. Aun así seguimos adelante. Porque aunque falte todo, nos sobra voluntad.
Tempranito, apenas llegamos, hacemos fuego para abrigarnos mientras esperamos que el sol empiece a calentar. Regamos mojándonos hasta las rodillas. Cruzamos a potreros vecinos para buscar los animales. Faenamos, esquilamos, cosechamos e industrializamos lo que producimos con nuestras propias manos. Enseñamos mientras hacemos, y hacemos mientras enseñamos.
Educamos desde nuestro conocimiento, pero también desde nuestro corazón, desde ese lado humano que pocas veces se ve. Compartimos alegrías, preocupaciones, dolores y sueños con nuestros alumnos. Porque sabemos que en esta tarea no basta con saber: hay que estar, acompañar, sostener.
Trabajamos con nuestros estudiantes codo a codo, sin importar el calor o el frío. Aquí no hay diferencias: varones y mujeres hacen lo mismo. Todos lo hacemos porque creemos en lo que enseñamos. Porque sabemos que lo que aprenden puede darles una salida laboral, una vida digna, sin necesidad de abandonar su lugar.
No contamos con grandes recursos, pero sí con un corazón enorme y una vocación que no se apaga. Cada clase es una lucha contra el abandono, el olvido, la falta de todo. Pero también es una siembra: de valores, de compromiso, de esfuerzo, de amor por la tierra.
A veces siento que somos invisibles. Que se habla mucho de la educación, pero poco de la técnica. Y menos aún de quienes enseñamos desde el campo, a cientos de kilómetros de los centros de decisión.
Pero acá estamos. Todos los días. Temprano. Tarde. Siempre. Porque creemos que cada chico y cada chica que pasa por nuestras manos puede cambiar su historia.
Y eso, créanme, vale más que cualquier reconocimiento.






